lunes 9 de noviembre de 2009

De mareos y perdices

"Y tú, ¿cómo te cuidas?" ¿Qué contestarían si alguien les hiciese esa pregunta, caracoles? ¡Yo siempre desayuno un tazón de ilusión con mucho optimismo y unas cucharadas de cariño! ¿Responderían alguna cursilada similar si alguien les preguntase cómo se cuidan o dirían que hacen deporte a diario y que no comen alimentos transgénicos? Depende de quién se lo pregunte y con qué finalidad, ¿verdad?

Y si la pregunta procediese de la boca de un ginecólogo, ¿cómo la interpretarían? ¿Hábitos de higiene, actividad sexual o métodos anticonceptivos? Qué carajo me está preguntando este hombre, pensaba yo mientras me retorcía de dolor en la camilla.

Entregaré un punto a todos los que hayan elegido la opción "métodos anticonceptivos" a cambio de que me expliquen en qué se han basado para descartar “hábitos de higiene” y “actividad sexual”.

Me puede la mojigatería, caracoles, sobre todo si afecta al lenguaje. Y es que, no se lo van a creer, pero, desde que trabajo con la parte más funcional de las palabras, mi relación con los signos lingüísticos es mucho más madura. Ya quedan lejos las ganas de desfilologización y el rechazo a la comunicación verbal. Hace mucho que la Nata que no entendía que a veces quien dijo “digo” en realidad pensaba en “Diego” y ahora dice “daga” guardó estas incógnitas en la carpeta “a veces me gustaría ser una máquina” y cambió de nivel a fin de explorar otros aspectos del lenguaje mucho más accesibles y enriquecedores a nivel mental y espiritual.

Ahora me entretengo con el apasionante mundo de la subordinación sustantiva o el no menos trepidante universo de la selección modal y no sólo lo hago porque el trabajo así me lo exija -indicativo o subjuntivo, ¿tú de quién eres?- lo hago porque me sienta mucho mejor centrarme en el lado más herramienta de la palabra.

Aun cuando me da por escribir cosas ñoñas, sensiblonas y retorcidas, el lenguaje -la combinación de fonemas que forman sílabas y se juntan con monemas para dar lugar a las palabras que luego constituirán los sintagmas que sostendrán las oraciones-, eso, no es más que una herramienta en manos de nuestra boca o nuestro puño y no al revés. Una herramienta que nos delata, eso sí, porque todo lo que pasa por las manos de un individuo es un delator de dicho individuo, eso es cosa sabida.

Por eso me horroriza pensar qué clase de persona se esconde detrás de un ginecólogo que pregunta “y tú, ¿cómo te cuidas?” para referirse a los métodos anticonceptivos que utiliza la paciente en cuestión. ¿Qué habrá pasado por la cabeza de este hombre para prescindir tan ridícula y mojigatamente de la comunicación efectiva? ¿Qué lastres culturales arrastra este bata blanca? ¿En qué fonemas se esconderá para preguntarme cuándo fue mi última relación sexual?

Marear la perdiz no es siempre bueno, ya lo sabrán ustedes. A veces los rodeos tienen su encanto, su punto de coquetería o emotividad; a veces sirven para decir mucho más con menos o incluso pueden amortizan el golpe o las náuseas, según convenga, y otras, producen interferencias gratuitas y ofensivas, como en el caso que nos ocupa. Y que cómo me cuido, dice... ¡Yo siempre desayuno un tazón de ilusión con mucho optimismo y unas cucharadas de cariño!

Quizá a ustedes esto les parezca un tanto exagerado,caracoles, pero sucede que a mí la gente escrupulosa me desconcierta y los mojigatos, ni les cuento.

¡Feliz lunes!

miércoles 4 de noviembre de 2009

Precaución, amigo cliente



¿Se ha fijado en que algunos zapatos tienen la talla muy poco tallada o casi desdibujada en la suela? Es por el uso, me dirá algún avispado caracol. Efectivamente, avispado caracol, las suelan se desgastan con el uso; pero, ¿y si les dijese que me refiero a zapatos nuevos, sin estrenar, o recién comprados?

Haga la prueba: camélese al dependiente de una zapatería fuera del lugar de trabajo y pregúntele qué hace cuando un cliente solicita un 38 del modelo que hay en el escaparate y no dispone de tal ejemplar ni en la tienda ni en el almacén. Puede que le diga “disculpe las molestias, no disponemos de ese número en estos momentos. Vuelva usted mañana” o puede que se arriesgue a venderle un 39 que pulula por ahí. Si el empleado elige esta última opción, entrará en alguna de las habitaciones de acceso restringido y despegará la pegatina o raspará ligeramente la talla tallada en la suela, según convenga.

Usted será su cenicienta particular y él fingirá ser un príncipe encantado. Por muy avispado que usted se crea, estimado caracol, debe tener en cuenta que está ante un verdadero profesional de las ventas que hará lo imposible para que usted no se percate del engaño. El dependiente será rápido:

-Le queda muy bien, caballero
-¿Sí, cree usted? Yo lo veo un poco grande...
-¿Grande? Bueno, es que esta marca trabaja así las tallas. En cualquier caso, déjeme advertirle que una talla menos no le vendrá nada bien a ese juanete que tiene usted en el pie derecho.

Si no han tenido suficiente con este ejemplo, déjenme contarles mi propia experiencia a fin de despejar cualquier duda acerca de la naturaleza y los objetivos del maravilloso mundo de los negocios. Porque el cliente siempre tiene la razón y la empresa nunca pierde.

Aquí donde me leen, yo he tenido que ofrecer servicios garantizados a clientes de una empresa de mensajería. Según la oferta, el paquete del cliente sería transportado y tratado con prioridad frente al resto de envíos y, además, un empleado se encargaría exclusivamente de seguir con minuciosidad el trayecto adelantándose a cualquier incidencia que pudiese suceder.

En realidad todo se reduce a que el cliente en cuestión pagará unos veinte euros más para que un teleoperador consulte una página web y le informe del recorrido de su paquete por teléfono o correo electrónico. La ventaja de este servicio es únicamente que usted no tendrá que molestarse en consultar esa misma página web abierta a todos los públicos. Si su urna de cristal está destinada a romperse, el teleoperador nada podrá hacer por evitarlo y si usted no ha contratado un seguro extra, no sólo perderá la urna de cristal, también tendrá que pagar el 80% de los gastos de envío con servicio garantizado incluido. Ahí lo llevan.

Aquí donde me leen, cuando las ofertas llegaban al supermercado en el que yo trabajaba como cajera, yo misma tuve que cambiar las etiquetas que indicaban el precio habitual de los productos de un supermercado por otras en las que se informaba del coste “rebajado”. Si la semana pasada, el champú para cabellos castigados te salía por 2,45 euros; ahora que el supermercado está que lo regala y ha decidido corresponder a la fidelidad de sus clientes con unas ofertas de escándalo, tu champú habitual sólo te costará 2,90 euros. Cincuenta céntimos más, ahí lo llevan.

No duden de mi condición de caracol, que yo en sendos casos quise oponerme a realizar semejantes prácticas, pero, lamentablemente me respondieron indicándome el lugar de la salida: Si no te gusta, te vas y punto, mientras sonreían como diciendo “¡Ay, los jóvenes!”

La pela es la pela, caracoles, y los negocios son los negocios. Al cliente siempre se le da la razón y, sobre todas las cosas, la empresa nunca pierde.

Carrefour sólo es uno más. Apúrense, caracoles. Vayan a y compren pizzas Palacios a tan sólo 2,45 euros, que después de la promoción de descuento del 70% en la segunda unidad, tendrá que pagar 1,99 euros

lunes 2 de noviembre de 2009

La cuadratura del círculo o Yo también soy Carlos Otto (VII)

Todo pasa y todo queda. Carlos Otto, el periodista despedido impunemente por publicar un artículo de opinión en su blog personal, el tres veces demandado por injurias y calumnias, el vetado, el tocapelotas que incomoda tanto a peperos (por ejemplo)como a pseudo sociatas (por ejemplo), el destrapicheador que hace lo que puede y un poquito más para destrapichear (informar al ciudadano, se entiende) y, por lo tanto, buen destrapicheador es parece haberse librado de la posibilidad de tener que pagar 18.000 euracos.


Efectivamente, todo apunta a que la historia más triste jamás contada ha llegado a su fin. La historia de la libertad y el derecho a ejercer la ciudadanía (y la profesión, claro). Pero aún quedan muchos cabos sueltos: ¿cómo acabará ese chiste tan malo que ha resultado ser el Aeropuerto de Ciudad Real? ¿Qué nueva lección aprenderán los estudiantes de Empresariales de los ilustres Díaz de Mera y León Triviño? Ay, una de palomitas con mucha sal, por favor, que no pienso moverme del sofá...


Pese a la torpeza de esa improvisada carta de despido, hay que reconocer que esta gente se lo ha currado. Podrían haberlo hecho mejor y ellos lo saben, no obstante, no lo han hecho mal del todo: tres amenazas en forma de carta certificada del Juzgado pidiendo 6.000 euros por barba para reparar la dignidad por culpa del periodista menoscabada (ejem) y la escasa fe en la justicia tan generalizada como probada (sirva la "procedencia" del despido de Carlos Otto como muestra) han sido, en líneas generales, armas potentes que bien podrían haber hecho temblar el pulso del periodista.

Pero a Carlos Otto no le tembló el pulso. “Saber que no os puedo aniquilar no es suficiente para firmar la paz” y contrató a unos abogados más grandes que la copa de un pino e incluso aprendió de leyes. Vilmente silenciado por las circunstancias, aquí el amigo abrió el pico todo lo que pudo y tanto el injusto suceso como la sucia estrategia seguida por sus contrincantes se difundieron como la pólvora. Faltó (y ésa es otra de las espinas que quedan clavadas) la manifestación, quedada, butifarra o manifiesto con fotitos incluidas.

Faltó una muestra de apoyo mayor por parte de los ciudadanos. Debe ser frustrante jugarse el cuello para que, en líneas generales, todo siga igual, ¿no creen? No estoy proponiendo a Carlos Otto como candidato para el próximo premio Nobel ni nada por el estilo (para eso ya tenemos a Obama), sino que, sencilla y humanamente, considero que alguien debería haberle hecho justicia a este verdadero profesional de la información y, a falta de justicia en los juzgados, ¿quién mejor que nosotros los ciudadrealeños para agradecer el gesto?

Mal que nos pese, la historia sigue, aún hay muchos cabos y sargentos por encima del bien y del mal. Quedan muchos Modus Tolens por enunciar, denunciar y por tristemente aceptar. No podrías haberlo hecho mejor, Otto. Sigue así.

jueves 29 de octubre de 2009

De fallos y errores



¿No me notan nada raro, caracoles? ¿De verdad? ¿No me digan que no se han dado cuenta de que hace días que apenas utilizo la letra “zeta” en mis textos? Resulta que mi nuevo ordenador, con apenas dos meses de vida, ya ha manifestado algún que otro síntoma de imperfección, ¿se lo pueden creen? Durante dos días, a la pantalla le dio por no funcionar y, ahora, la citada teclita ha saltado por los aires.

Si bien es cierto que la promesa de no fumar mientras tecleo no me duró ni dos horas y que, en líneas generales, no soy una persona especialmente delicada y cuidadosa, no es justo que un aparato con apenas dos meses de vida, me vacile con semejantes fallos, ¿no creen?

Y ahora vendría que ni pintada una sensiblona disertación acerca de la naturaleza de los fallos y su posterior comparación con los errores a través de un breve inventario que recogiese las diferencias y similitudes entre ambos. Podría acabar la entrada hablándoles de la improvisada teoría de “fallo y pelillos a la mar” y celebrando el método de ensayo y error. Les diría que, dentro del compromiso de optimización con el que todo individuo debería estar comprometido, tanto el “fallo y pelillos a la mar” como el “ensayo y error” deberían tener un casillero.

Escribiría sobre todo esto, pero no puedo hacerlo porque me siento incompleta, porque me falta una letra. Me falta la última letra del abecedario, ahí es nada.

Ésa es una de las cosas que tienen en común los errores y los fallos, que transmiten una sensación de completo-incompleto de la que cuesta horrores liberarse.

Por acierto o azar, una “zeta” bastará para sanarme.

¡Que tengan un buen día, caracoles!

lunes 26 de octubre de 2009

Tiempo que da tiempo del tiempo que da




Cadena de favores de Todas las almas. Sácame de aquí, Lady blue. Infinito. Ay Carmela, La lista de la compra. Así gasto yo gran parte de mi tiempo, caracoles: mezclando cosas.

Como ayer les mostraba sin ningún tipo de complejo uno de mis entretenimientos favoritos (enredar refranes), hoy he decidido ampliar el escaparate contándoles que también me lo paso pipa combinando títulos de libros, canciones y películas. Mientras limpio la cocina o voy a Miguelturra, yo mezclo las cosas.

A veces me enfado conmigo misma por emplear mi tiempo en semejantes estupideces. Bien podría invertir esos segundos en buscar la feliz solución al conflicto saharaui o en extraer ejemplos de la vida cotidiana que me ayuden a reforzar la fe en la viabilidad de una estructuración horizontal de la sociedad. Y, sin embargo, Caótica Ana, rara vez seguimos El sendero de la mano izquierda. ¡Ángeles y Demonios!

¿Cómo se organizan ustedes, caracoles? No hablo de agendas. No hablo de tiempo de acción, hablo de tiempo mental. ¿Se han percatado de la energía que consumen según que pensamientos? Es importante ser consciente de los contenidos que trafican por nuestro tiempo mental, ¿no les parece? Siquiera por aproximación, puede ser constructivo acabar la jornada elaborando un pequeño inventario que recoja los pensamientos que nos han acompañado a lo largo del día e indique el tiempo estimado invertido. Es igualmente saludable establecer una relación entre los contenidos que nos han llevado de un asunto mental a otro para actuar en consecuencia al día siguiente.



Lo real. Visto lo visto, La vida te da un Jardín de senderos que se bifurcan. El tiempo de las cerezas. Tiempo de silencio. Tiempo de memoria. ¡Que te follen, Nostradamus!

viernes 23 de octubre de 2009

A palabras necias, consuelo de tontos

Ojos que no ven, con gusto no pica. ¿Qué me dicen de los refranes, caracoles? Al buen entendedor, le llueve sobre mojado y a quien madruga, cien pájaros le caen en la mano. A mí su vulgaridad se me antoja tan repelente como atractiva. Es algo así como una relación simultánea de amor y odio, no sabría explicarles.

El caso es que no gusto de aderezar mis reflexiones con semejantes sentencias porque, a mi juicio, condensan y simplifican la realidad hasta límites insospechados. No obstante, reconozco que suelo recurrir al refranero popular con más frecuencia de la que me gustaría. Y es que a veces me resumo en un refrán, caracoles.

Dime con quién andas, todo son pulgas. Lo mejor es reinventarlos, siquiera para pasar el rato. Va a ser peor el remedio que la cuenta nueva. Borrón. Sobre gustos, corazón que no siente.

-¿Me puedes decir cuál es la finalidad de esta entrada, Nata?

-La pura recreación en la palabra, supongo.

-Interesantísimo. Sí, señora.

-En boca cerrada, que mal acompañado. Déjame en paz.

-Venga, anda, déjalo ya.

-No hay cosa más rica que rascarse cuando pica.

-Pues claro que sí, mujer. Rascarse cuando pica, no hay cosa más rica. ¿Nos vamos a dormir?

-Sí.

miércoles 21 de octubre de 2009

La triste historia de dos litronas



De un tiempo a esta parte, la vida me está devolviendo los palos que yo intenté darle antes. Para que se hagan una idea les diré que he tenido que ceder a grandes verdades como que Carmen, la bedel del Aulario de la Universidad, es una bellísima persona. Yo que tanto critiqué a Carmen durante mi época universitaria.

Ahora pienso en todos los que penden de un hilo por haber traspasado los límites de la legalidad con alguna de sus acciones, los que acaban de ser cazados o los que sospechan que no tardarán en serlo. Aquellos que están a la espera de un juicio, pongamos que hablo del caso Gürtel. Pienso en las cabezas cortadas y, de alguna manera, las compadezco.

Otto y Víctor ya han caído, Santi y yo seremos los siguientes en hacerlo. Imagínense, caracoles: un catorce de septiembre cualquiera, cuatro amigos terminan de cenar un kebab y se dirigen al conocidísimo Parque Murallas de Ciudad Real a fin de refrescarse con un par de cervezas de litro. No se lo van a creer, pero se trataba de las cervezas más frías jamás vendidas por un chino. Doy fe de ello.

Y así, ajenos a los agravios que estábamos perpetrando contra la comunidad a cada trago de cerveza, la policía vino a nosotros para iluminar nuestro camino. Esto que estáis haciendo es ilegal, nos dijo el poli malo sin tan siquiera darnos las buenas noches. Nos vamos a otro sitio, dijo Víctor intentando negociar el asunto. No, tenemos la obligación de deshacernos del alcohol; no lo digo yo, lo dice la ley. Sabéis que no se puede beber en la calle.

Y tomaron y comprobaron nuestros datos, no sin antes verter las litronas más frías jamás vendidas por un chino al suelo y tirar los envases de vidrio a una papelera cualquiera. Cuánto me queda por aprender de los agentes de la ley: tirar los envases de vidrio a una papelera cualquiera, eso es ser un ciudadano concienciado y preocupado por el decoro y el buen funcionamiento de la ciudad. Sí, señor.

Ahora, como les digo, vivo en tensión. Hablo a diario con mi madre para preguntarle si me ha llegado alguna carta. Certificados de cursos, vidas laborales y poco más. Me debato entre pagar o no pagar la sanción, recurrirla o sustituirla por una medida educativa o reparadora. En qué consistirá la medida educativa, me pregunto. Sólo se trataba de las dos litronas más frías jamás vendidas por un chino. Hay que joderse.

Quizá por ser mujer me libre de la multa. Quién sabe.